
Lucila: partera indígena que navega los ríos para recibir la vida en el Pacífico colombiano
En el Litoral de San Juan, donde las comunidades se sostienen unas a otras, Lucila recorre caminos y, muchas veces, navega ríos siguiendo el llamado de una vocación profunda: ser partera para cuidar y acompañar la llegada de la vida.
Lucila es partera indígena Dobidá y vive en la comunidad de Buena Vista, en el municipio de Litoral de San Juan, al sur de Chocó. Hace tres años comenzó su camino en la partería, aunque hoy siente que ese aprendizaje lleva mucho más tiempo creciendo dentro de ella. “La partería no es algo que uno decide de un día para otro, es algo que le nace a una del corazón, que me apasiona y me llena de felicidad”, menciona con emoción.
Lucila fue una de las organizadoras y líderes del encuentro con 88 parteras y parteros indígenas y afro realizado en Istmina, Chocó, en el mes de marzo. Este espacio hizo parte de las acciones de fortalecimiento dirigidas a quienes ejercen la partería tradicional étnica en los municipios PDET de Condoto, Nóvita, Medio San Juan, Sipí, Litoral de San Juan e Istmina, del Chocó. El encuentro se enfocó en compartir saberes ancestrales y fortalecer capacidades para brindar cuidado a las mujeres antes, durante y después del embarazo, el parto y el posparto, en el marco del proyecto “Parterías Étnicas Ancestrales Vivas”.
Su historia empezó en una asamblea comunitaria, donde la comunidad la eligió como coordinadora. Poco después la invitaron a participar en una capacitación sobre partería y allí ocurrió algo que marcaría su vida para siempre: al ver que habían llegado dos coordinadores, una de las formadoras preguntó quién podía liderar y promover este saber ancestral, puesto que los hombres que ocupaban el cargo ya eran mayores y necesitaban a alguien que asumiera el trabajo de forma activa.
En ese momento, alguien señaló a Lucila y dijo que era una mujer con capacidad, que entendía bien el español y que tenía la habilidad de moverse entre comunidades. Por ello, cuando le propusieron asumir la responsabilidad, ella aceptó sin dudarlo, porque algo dentro de sí le decía que ese era su camino: un camino lleno de aprendizajes, experiencias y oportunidades para mostrar su valentía como mujer indígena que mantiene vivo este saber ancestral en su comunidad.
Desde entonces, su vida cambió y, con el tiempo, se convirtió en coordinadora de las parteras indígenas del Litoral de San Juan. Cuando comenzó, apenas existía contacto con tres comunidades. Hoy, gracias a su trabajo persistente y a los largos recorridos, la red ha crecido hasta llegar a 17 comunidades Wounaan del municipio y a cerca de 230 parteras que trabajan juntas.
Pero construir esa red no ha sido fácil. Para visitar a cada partera, Lucila debe recorrer largas distancias en lancha y muchas veces no ha tenido dinero para comprar gasolina. Recuerda que, en una ocasión, vendió papa china, un producto que cultiva, solo para poder pagar el combustible y continuar su recorrido. “Yo tenía que buscar a mis parteras. Si no iba, no las encontraba”. Su compromiso ha sido la base de su trabajo, y hoy, en cada una de las comunidades, hay una coordinadora que ayuda a fortalecer la red y a acompañar a las mujeres para que este saber pase de generación en generación.
En estos territorios, donde los centros de salud quedan lejos y el transporte es difícil, las parteras son quienes sostienen la vida cuando llega el momento del nacimiento. Lucila lo describe con emoción: “Es muy bonito cuando uno está atendiendo un parto y el bebé sale a la luz; cuando llora por primera vez, uno siente una alegría muy grande”.
Las parteras reciben a los bebés cómo lleguen: de cabeza, de pie o de nalga. Con paciencia, conocimiento y experiencia cuidan a la madre y al recién nacido. Sin embargo, su trabajo no empieza en el parto ni termina allí.
“Más que parteras, somos como una madre, una compañera para ellas”, Lucila menciona que acompaña a las mujeres antes, durante y después del parto, les habla, les brinda información sobre la alimentación, los controles y los cuidados para que no les vaya a pasar nada a la mujer ni al bebé. También les da consejos y se asegura de que no estén solas. Durante el parto permanece a su lado y después continúa acompañándolas en el posparto y con el cuidado del bebé.
Si una mujer pasa por un momento difícil o pierde un bebé, las parteras permanecen cerca, acompañando, escuchando y sosteniendo. Ese cuidado nace de una tradición ancestral que Lucila también aprende de las y los mayores en su comunidad. Una partera con más experiencia le comparte conocimientos sobre plantas y hierbas medicinales que ayudan en los procesos del embarazo y el parto, aprendizaje que para ella hace parte de una cadena que no puede romperse.
Por eso, dentro de la red hay diferentes generaciones: las expertas, que transmiten su sabiduría; las parteras activas, que atienden los partos; y las “semillas”, jóvenes que están empezando a aprender. “Si no formamos semillas, cuando las mayores se vayan se perdería todo ese conocimiento”, explica.
Aunque muchas comunidades valoran profundamente su trabajo, el camino también ha tenido momentos difíciles. Algunas personas han cuestionado su liderazgo, aunque es más el apoyo y el respaldo de las comunidades, quienes reconocen que, gracias a su esfuerzo, hoy se sabe que las parteras existen, se organizan y se capacitan para cuidar la vida en sus territorios.
Ese reconocimiento le da fuerza para seguir. Lucila también piensa mucho en el futuro y le preocupa que algunas jóvenes se vayan a la ciudad y pierdan el vínculo con las tradiciones de su comunidad, por eso siempre comparte un mensaje para las nuevas generaciones: “No debemos dejar lo nuestro. La partería es parte de nuestra cultura y desde que existimos como pueblos indígenas, las parteras han recibido la vida”.
Hoy, cuando se para frente a otras mujeres en encuentros y capacitaciones, a veces recuerda cómo se sentía antes: “Antes pensaba que no era capaz y ahora me siento fuerte, empoderada, ya no tengo miedo de hablar”.
Su sueño es seguir aprendiendo, fortalecer la red de parteras y que más jóvenes se sumen a este camino, porque cada vez que recibe a un bebé en sus manos, Lucila siente que todo vale la pena.
En medio de ríos, selva y comunidades dispersas, continúa navegando, muchas veces contra corriente para asegurar que cada nueva vida llegue acompañada, cuidada y bienvenida al mundo.
Y así, parto a parto, sigue tejiendo el futuro para el cuidado de las mujeres y de su comunidad.