
Proyecto “Soy Kaa – Bohíos ancestrales” fortalece la memoria y cultura del Pueblo Barí en el Catatumbo
En lo profundo del Catatumbo, donde el territorio es vida, memoria y espíritu, el Pueblo Barí vuelve a reunirse alrededor de una idea que es también un acto de resistencia: reconstruir sus bohíos, las casas de pensamiento donde se ordena la vida, se transmite el conocimiento y se sostiene la pervivencia cultural.
Allí, en medio del bosque, entre la palabra de los sabedores y la mirada atenta de niñas y niños, toma forma el proyecto “Soy Kaa – Bohíos ancestrales”, desarrollado en el marco del convenio SG–0140–2025 entre la Agencia de Renovación del Territorio (ART), el Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes y la Asociación de Autoridades Tradicionales Indígenas Ñatubaiyibari. Una iniciativa que no solo construye estructuras físicas, sino que teje procesos organizativos, culturales y espirituales desde la ley de origen.
“Este proyecto beneficia a 13 comunidades y tiene como objetivo unirnos, formarnos y organizarnos según nuestra ley de origen”, explica su coordinador, Dixon Juanira Taigdaphatuina Arabachimana, mientras describe cómo cada bohío se convierte en un espacio vivo donde confluyen el conocimiento de las y los sabios y la participación activa de las nuevas generaciones. No es solo construcción: es formación, Gobierno propio y memoria en acción.
Porque para el Pueblo Barí, el bohío no es una vivienda cualquiera. Es el centro de la vida. Así lo cuenta Wendy Abioquirora Bacquiribayra Bashuna, docente de la comunidad Yera, quien recuerda que, aunque históricamente fueron nómadas, el bohío es hoy el lugar donde se mantiene viva la cosmovisión: allí se reúnen, realizan rituales y transmiten las enseñanzas que sostienen su cultura. “Los niños preguntan cómo es un bohío, cómo se construye, y en ese proceso, acompañados de los sabios, van aprendiendo”, dice, evidenciando cómo este proyecto se convierte también en una escuela viva para las nuevas generaciones.
Ese aprendizaje no se limita a las paredes del bohío. Se extiende al bosque. Porque cada árbol que se usa para construir también debe volver a la tierra. Por eso, como parte del componente ambiental, el proyecto impulsa la creación de cinco viveros comunitarios, entendidos no solo como espacios de siembra, sino como lugares de memoria, armonización y cuidado. Allí, en diálogo con la naturaleza, las comunidades recuperan especies nativas, clasifican semillas y reafirman su relación espiritual con el territorio, en un ejercicio de reciprocidad con la Madre Tierra.
Estos viveros nacen desde una comprensión profunda: el territorio es un ser vivo, y su cuidado es una responsabilidad colectiva. Así lo reafirma la metodología de los talleres desarrollados en comunidades como Yera, donde la palabra ancestral, el juego, la práctica y la espiritualidad se entrelazan para fortalecer la identidad cultural y la conciencia ambiental .
Desde el Gobierno Nacional, este proceso ha sido posible gracias a un ejercicio de escucha y diálogo directo con el Pueblo Barí. “Empezamos a hablar de la importancia de los bohíos en términos de memoria histórica, ordenamiento territorial y recuperación de las tradiciones”, señala Suang Moreno, asesora de la Dirección General de la ART. Ese diálogo permitió articular esfuerzos institucionales para hacer realidad un proyecto que hoy representa un avance significativo en el reconocimiento de los pueblos indígenas como sujetos de derecho y de Gobierno propio.
Para las comunidades, el impacto es profundo. De las 23 comunidades del Pueblo Barí, apenas una contaba con un bohío, resultado de décadas de colonización y pérdida de estos espacios fundamentales. Por eso, iniciativas como esta no solo reconstruyen estructuras, sino que restauran memorias, dignifican la vida comunitaria y abren caminos para que las nuevas generaciones crezcan conectadas con su identidad.
En el Catatumbo, donde los desafíos han sido muchos, el Pueblo Barí sigue sembrando futuro. Lo hace con la palabra, con las manos, con la memoria. Lo hace construyendo bohíos, pero también sembrando árboles, enseñando a sus hijos e hijas, y reafirmando que su cultura no solo resiste: sigue viva, creciendo, como el bosque que los sostiene.